sábado, 31 de marzo de 2018

Pamplona-Cambrils - 28/3/2018 por Azkar



360 kilómetros separan Pamplona de Cambrils. 360 kilómetros de nervios, incertidumbre, preparativos, esfuerzo, sufrimiento y, sobre todo, disfrute sobre la bici.

Ya hace unos años me tentaba la idea de venir hasta Cambrils pedaleando. La época propicia sería en Semana Santa, ya que teóricamente iba a encontrar las mejores temperaturas; si viniera en verano, podría atravesar los Monegros a 40 grados.

Por un motivo o por otro, era una aventura que se iba quedando aparcada. Este año parecía que también se iba a quedar en el tintero. Por un lado, me había roto el escafoides de la mano derecha en el mes de septiembre y la mano aún duele al apoyarme en la bici. Y por otro lado, hemos tenido un invierno horroroso, que me ha impedido hacer salidas demasiado largas, de hecho, sólo he podido llegar a los 170 kilómetros.

Pero las sensaciones sobre la bici no eran del todo malas y las horas que pedaleo en solitario conmigo mismo me han hecho conocerme muy bien mental y físicamente. Así que este año iba a ser el momento de intentarlo.

Probablemente para gente ajena al ciclismo puede parecer una locura esta aventura, o más bien que quien la intenta tiene algún tornillo flojo. Es cierto que son muchas horas pedaleando en solitario y durante tanto tiempo se te pasan miles de cosas por la cabeza, algunas buenas y otras no tanto. Lo importante es mantener la cordura y la cabeza fría y la concentración en seguir adelante. En la bici se sufre, y a veces mucho, pero es muy importante saber, sobre todo, disfrutar de ella, incluso disfrutar con el sufrimiento.

Los días previos a la salida, había que preparar la ruta y el material. Todo parecía estar claro. Incluso me había preparado una chuleta con los cruces, para no tener dudas. Además, las herramientas informáticas de ahora te permiten incluso visualizar los cruces antes de que te los vayas a encontrar.

Lo único que quedaba por determinar era la hora de salida. El cálculo de tiempo del viaje era de unas 16 horas, aunque en una tirada tan larga es muy complicado prever la hora de llegada, porque pueden aparecer muchas variables, como el cansancio, el viento o las averías mecánicas.

Dado que Marian venía en coche y me iba a prestar apoyo en puntos concretos del recorrido, también había que contar con el tiempo que le podía costar llegar al destino.

Finalmente, decidimos que salía a las 3 de la mañana. Ese fin de semana me hicieron una faena, ya que se realizó el cambio de hora. Eso suponía que me iba a amanecer una hora más tarde. Daba igual, todo estaba decidido. La tarde previa traté de dormir una buena siesta (que no lo fue tanto, por los nervios) y a la noche, después de cenar hidratos de carbono, me metí a la cama pronto con la idea de dormir algo. No sé si dormí, aunque algo sí descansé. Para la 1:30 ya estaba levantado, pues los nervios no me dejaban estar más en la cama. Fui preparándome el desayuno y todos los bártulos que tenía que llevar (luces, baterías, comida, bebida…).

A las 3 en punto comenzaba a pedalear por la Avenida de Villava, encontrándome una Pamplona solitaria y silenciosa. El silencio sólo se rompió en la zona del Labrit, donde algunos trasnochadores seguían su juerga y los vapores etílicos les hacían hablar a voz en grito. Tras salir de Pamplona se volvió a hacer la oscuridad y el silencio. Las previsiones de temperatura por la noche no eran demasiado buenas: se anunciaban entre 1 y 2 grados en la zona de Sangüesa y Sos. Cuando salía, el termómetro de la farmacia de debajo de casa marcaba 9 grados. Sin embargo, después de Tajonar y al enfilar la carretera de Sangüesa la temperatura ya había bajado a un grado. De todas formas, tampoco estaba pasando demasiado frío. Hacía una cierta brisilla que me pegaba de cara, pero que no molestaba mucho y me permitía avanzar a un ritmo aceptable.

Al coronar Loiti me encontré con algún banco de nieblas, pero afortunadamente se veían perfectamente las luces de Lumbier, por lo que estaba claro que estas nieblas se iban a quedar sólo en el alto. La bajada de Loiti la hago sin problemas, pues las luces que llevo en la bici me permiten ver la carretera perfectamente. El primer percance lo sufro al dejar Navarra y entrar en Aragón, pues se me apagan las luces delanteras. Las baterías me habían durado mucho menos de lo previsto. Me paro en la misma muga y apoyo la bici en el cartel de Navarra. Cambio las baterías por otras nuevas y sigo el camino. El problema de este parón es que se me mete el frío en el cuerpo y trato de apretar un poco el paso para entrar en calor.

Sos del Rey Católico me recibe a oscuras, con un aspecto fantasmagórico. Las siluetas de las casas de piedra se recortan en lo alto iluminadas débilmente por la luna casi llena que me acompaña en mi recorrido. No encuentro ni un alma al atravesar el pueblo. Todo el mundo duerme, menos yo, que cruzo el pueblo sin romper con mi vehículo el silencio que envuelve todo el paraje.

En la gasolinera aprovecho a rellenar agua, pues ahora comienza el Puerto de Sos. La subida me la tomo con calma. La conozco, ya que la he subido en la Rompepiernas y el domingo pasado la había bajado en bici con Marian. La noche te da otra perspectiva de la carretera y de las distancias. Mientras subo, me cruzo con algún camión que baja hacia Sos, pero sigo mi periplo casi en total soledad. Tras coronar, comienza una larga bajada que se me hace eterna y en la que paso frío, mucho frío. Al principio no se pueden dar pedales, por lo que el cuerpo pierde calor muy rápido y más tras el esfuerzo que se ha hecho en la subida. Y después, la carretera es favorable hasta Ejea de los Caballeros. Ese tramo se me hace muy largo. Además, el viento, aunque suave, me sigue pegando de cara. Lo mejor de ese rato fue que hacia mi izquierda comienzo a ver una cierta claridad: en el horizonte se atisba el inicio del amanecer. Esa primera línea de luz va dando paso a una total iluminación del paisaje. Sin embargo, el amanecer tiene un punto negativo cuando ruedas en la bici: la temperatura desciende uno o dos grados. El frío sigue siendo intenso, a pesar de que ya clarea el día. Tras pasar Ejea de los Caballeros, pongo rumbo a Erla, donde tenía pensado parar a desayunar. Ese tramo se me hace duro y tengo que apretar los pedales, porque la brisa de cara se convierte en viento de cara de cierta entidad. La velocidad que consigo no es muy alta, pero me esfuerzo en mantener el ritmo.

Sobre las 8 de la mañana llego a Erla y entro a un bar en el polígono industrial. Desayuno un café y un pincho de tortilla. Como diría mi abuelo, la tortilla es de las que cabe una pezuña de burro dentro. Era muy gruesa y el trozo que me pone es grande. La cara que debí poner fue de sorpresa, porque alguno de los que estaban en el bar me dijo: “chaval, tendrás que hacer buena vuelta para bajar esto”. En ese momento ya había sobrepasado los 130 kms., así que, creo, ya me había ganado comer algo que no fuera una barrita.

Al salir de Erla la carretera gira dirección Sureste, hacia Gurrea de Gállego. Ahí el viento ya comienza a darme de culo y facilitar el pedaleo (o, por lo menos, a no entorpecerlo).

Paso Gurrea de Gállego, San Jorge, Tardienta, Grañén y, tras 220 kilómetros ya en las piernas, llego a Sariñena.

En Sariñena, a las 12, según habíamos previsto, me espera Marian con Rubén. Aún voy con ropa de invierno. La temperatura ha subido notablemente, pero mi cuerpo aún no ha entrado del todo en calor. Aprovecho para recargar agua, comer unos macarrones, dejar todos los focos y baterías y ponerme zapatillas de verano. No me atrevo a quitarme el culote largo y el maillot largo, porque no tengo calor. La noche me ha dejado un poco tocado el cuerpo. Sin embargo, luego descubriré que fue un error lo que había hecho. A la salida de Sariñena me encuentro un repecho que ya me exige esforzarme. Había quedado con Marian en un pueblo después de Fraga, en Seròs, ya en Cataluña. La carretera entre Sariñena y Fraga está muy estropeada y experimento lo que deben pasar los ciclistas profesionales cuando corren la París-Roubaix. La bici no hace más que dar botes y voy pensando que se me van a saltar hasta los empastes.

Tengo que cruzar Fraga por la N-II para buscar la salida hacia Seròs y Flix. Paso Fraga sobre las 2 de la tarde, con un calor que va siendo insoportable con la ropa que llevo y con ganas de llegar a Seròs y poder cambiarme de ropa. A la salida de Fraga encuentro otro repecho interesante, con algún punto que llega al 10 por 100. Afortunadamente aún tengo fuerzas y subo con bastante solvencia (ya llevo más de 250 kilómetros en las piernas).

Al llegar a Seròs vuelvo a aprovechar a comer y beber (no puedo cumplir lo de ir a rueda) y a cambiarme de ropa. Me pongo totalmente de verano, ya que el Garmin me ha llegado a marcar 28 grados. Voy pensando en el calor que estoy pasando ahora, con el frío que he sufrido por la mañana.

Hacia Mayals la carretera no hace más que subir. Son 20 kilómetros cuesta arriba (muy irregulares) en los que el viento me entra fundamentalmente de lado. Tras coronar Mayals comienzo un largo descenso hacia Flix. Allí me vuelve a esperar Marian con comida y bebida.

De Mora la Nova nos dirigimos, por la carretera nacional de Reus, hasta Falset y entramos en el Priorat. Esta comarca ya resulta muy conocida de los veranos en los que pedaleamos por aquí. De Marçà pongo rumbo a la Torre de Fontaubella para subir Colldejou. En el verano es un puerto que subes alegre y a buen ritmo, ya que normalmente no llevas demasiada tralla en las piernas. Hoy la subida a Colldejou se hace muy penosa. De hecho, en buena parte del puerto tengo que subir con el 28 metido y aprovechando la cadencia más que la fuerza. En la bajada de Colldejou la temperatura ha bajado bastante y ya “sólo” tengo 18 grados. No tengo los reflejos como al principio, así que bajo con cuidado (aunque sin miedo). De Montroig tomo una pequeña carretera entre campos de labranza y frutales (que nosotros llamamos “La Diagonal”) y me planto en Cambrils en un momento.

La entrada a Cambrils me pone la última dificultad del día: el Ayuntamiento se ha puesto a arreglar la entrada y hay varias calles cortadas. Así que tengo que llegar hasta el Ayuntamiento para poder culminar esta aventura.

Ya desde Colldejou comenzaba a ver el mar, pero la llegada al Paseo Marítimo, con el azul del Mediterráneo y lo brillante de la arena de la Costa Daurada, resultaba emocionante. Y resulta más emocionante cuando te están esperando en la entrada del garaje.

El objetivo había sido cumplido. 360 kilómetros y 3.070 metros de desnivel. Un día lleno de esfuerzo y de disfrute encima de la bici. Hubo malos momentos, pero, sobre todo, fueron muy buenos momentos a pesar del esfuerzo y del cansancio.

Y no puedo dejar de agradecer a Marian y a Rubén el apoyo que me dieron durante todo el día, tanto moralmente como materialmente. Poder encontrarte con una cara conocida, sonriente, que te anima y que, además, te da soporte material, como diría un conocido anuncio, es “priceless”.

Hasta la próxima.

domingo, 21 de mayo de 2017

Mallorca 312 - 29 de abril de 2017





                   Mi nombre es... bueno, eso no importa. Soy un Aguila Bonelli. Desde hace 40 años mi especie desapareció de la isla de Mallorca, por culpa del ser humano. Las rapaces cazamos para sobrevivir, pero siempre respetamos el ecosistema en el que vivimos. El hombre, sin embargo, tiende a destruir el fantástico entorno natural que le rodea.

                   Nosotras nos movemos mecidas por el viento, arropadas por las corrientes térmicas que se forman en las laderas de las montañas. El hombre se mueve en unos elementos ruidosos y malolientes que ellos llaman vehículos, que echan al aire unos gases que enturbian el aire que respiramos nosotras... y ellos mismos.

                   Bueno, en realidad no todos los seres humanos se desplazan así. Ya cuando era un polluelo y di mis primeros vuelos, vi que había seres humanos que se movían en unos vehículos de dos ruedas que movían con sus piernas. Algunos avanzaban a velocidades más que aceptables.

                   Yo nací en Navarra, en el Norte de la Península Ibérica. La verdad es que la zona donde yo vivía era fantástica, estaba llena de montañas y de valles verdes, donde podía disfrutar de mi principal afición, de volar.

                   Este año, en mis vuelos por los montes de Navarra, descubrí a una de estas personas que salía casi todos los días con su aparato de dos ruedas a recorrer las carreteras que yo vigilaba desde el aire. Poco a poco me fui informando de que esos aparatos se llaman bicicletas y, posteriormente, supe que a ese ciclista que yo veía habitualmente, le llamaban Carlos.

                   La naturaleza nos ha preparado a las águilas Bonelli para poder volar tanto con frío como con calor, pero, por lo visto, los humanos no están tan preparados como nosotras. De hecho, veía a Carlos salir a la carretera abrigado hasta las orejas. Le veía hacer kilómetros y kilómetros cada día, abrigado, con guantes, gorro... La verdad es que no entendía demasiado el por qué de tanto esfuerzo. Aunque lo entendí al cabo del tiempo.

                   Los humanos fueron los causantes de que mi especie desapareciera de la isla de Mallorca, pero parece que ahora quieren arreglar el mal que hicieron, volviendo a llevar a mi especie a la isla. Esto es lo que me pasó a mí. A principios de abril volaba plácidamente por encima del Monte Iturumburru (muy cerca del Adi), cuando, sin darme cuenta, fui apresada. Me metieron en una jaula y me tuvieron dos días encerrada, transportándome de un sitio a otro. Afortunadamente durante esos dos días me dieron de comer y me trataron bien.

                   Después de mucho traqueteos y movimientos, los humanos me soltaron. Rápidamente remonté el vuelo y fui a buscar mis lugares conocidos, el Adi, el Saioa... Desgraciadamente no conocía el terreno que sobrevolaba. Veía montes, eso sí, pero también el mar. Cuando sobrevolaba los montes de mi Navarra natal, nunca veía el mar. Sin embargo, el lugar donde me habían soltado estaba lleno de montes, pero estaban pegados al mar. La verdad es que el paisaje me empezó a gustar y me empecé a recorrer mis nuevos dominios. Pronto supe que estaba en la isla de Mallorca y que los montes que sobrevolaba era la Sierra de la Tramontana.

                   Me había aficionado a seguir por el aire a ese ciclista que salía todos los días en Navarra, pero poco a poco lo fui olvidando.

                   Pero el 26 de abril, me sorprendí al verlo de nuevo pedalear en mis nuevos dominios. Iba con la misma bici que le veía en Navarra, una Specialized roja y blanca (me he hecho especialista en los diferentes modelos de bicicleta). Le vi cuando sobrevolaba el pueblo de Muro. Rodaba tranquilo, relajado, aunque miraba con un cierto recelo el perfil de la Sierra de la Tramontana que se dibujaba delante suyo.

                   Al día siguiente no le vi por la carretera, aunque le busqué. Es cierto que el día salió lluvioso, pero en Navarra le vi pedalear muchos días de lluvia, viento y frío.

                   El viernes 27 salí a volar pronto, con la esperanza de verlo por la carretera. Esta vez lo encontré cerca de Pollença. Le seguí hasta la Cala de Sant Vicenç. En Navarra solía pedalear por carreteras de montaña, así que supuse que seguiría hacia la Sierra de la Tramontana, hacia el Puig Major. Pero me equivoqué. Se dio la vuelta y regresó a Alcudia. Apenas si había hecho 40 kilómetros y no había subido ningún puerto. ¿Se me habría ablandado el ciclista que tantos kilómetros veía hacer por Navarra?

                   Al día siguiente vi que me había equivocado y comprendí el sentido de tantos kilómetros que veía hacer a Carlos por Navarra.

                   El sábado 29 de abril amaneció frío, apenas 1 ó 2 grados hacía a las 6 de la mañana. Yo había dormido mal esa noche y con las primeras luces me lancé al aire. Vi cientos y cientos de ciclistas que se estaban congregando en los alrededores de Playa Muro. Más tarde supe que habían 7.500 ciclistas.

                   Desde el aire fui buscando a mi ciclista favorito. Lo vi pedaleando con ritmo cansino, entre Alcudia y Playa de Muro.

                   Los ciclistas se fueron amontonando en Playa de Muro. Se colocaban todos detrás de un enorme arco amarillo, con un símbolo que ponía 312. Podía distinguir las caras de frío y nervios entre todos los que se congregaban en la zona. A Carlos le vi tiritar de frío mientras hablaba con los que estaban a su alrededor.

                   A las 7 de la mañana dieron la salida a los ciclistas y comenzaron a pedalear hacia Port de Pollença. Esa es una carretera que yo he sobrevolado muchas veces desde que vivo en Mallorca. Recorre la bahía de Alcudia y al amanecer, es una delicia sentir los primeros rayos del sol. Cuando llegaron a Pollença, todos los ciclistas se dirigieron hacia mis dominios, a la Sierra de la Tramontana (o Tramuntana, como dicen los de aquí). Allí le veía a Carlos, comenzando a subir los primeros kilómetros del Coll de Femenia. Ahora sí veía al ciclista que solía seguir en Navarra, pedaleando por las carreteras de montaña.

                   Tras el Coll de Femenia, llega el Coll del Puigmajor, que se corona a 890 metros. A los dos lados de la carretera nos encontramos con los dos montes más altos de Mallorca, el Puig Major y el Puig de Masanella, (con 1.445 y 1.364 metros respectivamente).

                   Del Puig Major, los ciclistas se lanzaron carretera abajo otra vez hasta el mar, a Sóller. Aunque la carretera está en buen estado, ya vi algún ciclista que se había caído en alguna curva. A Carlos le vi bajar bien, aunque ya me fijé que tuvo un sustillo en una curva un poco más cerrada de lo que parecía. En Sóller los ciclistas fueron pegados al mar, subiendo el Coll den Bleda. Los puertos se fueron sucediendo unos tras otros. Dudo mucho de que Carlos se acuerde de sus nombres, ni siquiera de si los pasó. Allí están el Coll de Sa Pedrissa, el Coll den Claret, Coll de Sa Bastida, el Coll des Pi, el Coll de Sa Gramola, el Coll den Esteva,  el Coll de Galilea y el Grau de Superna.

                   A partir del Grau de Superna, vi cómo los ciclistas rodaban por el borde de la sierra de la Tramontana, por unas carreteras ya libres de puertos, pero no de cuestas. He sobrevolado muchas veces esa zona y se ven muchos repechos y curvas cerradas en pequeñas carreteras encerradas entre campos de cultivo, delimitadas por pequeños muros de piedra. La zona es preciosa, pero dudo mucho que los ciclistas lo llegaran a valorar a juzgar por las caras de cansancio que veía desde mi privilegiada atalaya.

                   No puedo decir si Carlos iba cansado o no, pero lo cierto es que cuando salió del último avituallamiento (en Lloseta), se juntó con un ciclista mallorquín (llegué a oír que se llamaba Antonio) y se pusieron a tirar de un grupo que iban unos 20 ciclistas ingleses y alemanes. Entre los dos fueron tirando alrededor de 30 kilómetros hasta la meta y eso que yo notaba desde el aire que el viento les entraba de cara. Según he oído, para los ciclistas no es nada bueno. En mi caso, sí que me viene bien, ya que el viento de cara me permite una mejor sustentación en el vuelo, pero los ciclistas no suelen llevar buena cara en ese caso.

                   A pesar de la paliza que llevaban encima, vi cómo llegaban a la meta en Playa Muro con buena cara, sonriendo.

                   Vista las caras de satisfacción de todos, me expliqué tantos y tantos kilómetros de entrenamiento en el invierno, para poder llegar a ese día y disfrutarlo. No llegaré completamente a entender a los ciclistas, dado que mi anatomía no me permite experimentar lo que se siente subida a esos cacharros, pero simplemente con verlos me puedo hacer una idea muy aproximada.

                   Estuve un buen rato sobrevolando la zona, mientras observaba las felicitaciones, abrazos y cómo se sentaban a comer un plato de macarrones. Francamente prefiero un ratón recién cazado que esas cosas que comen los humanos.

                   Carlos no debió de llegar cansado, porque le vi coger nuevamente su bici y pedalear hasta el sitio donde dormía cada noche.

                   Ha sido muy emocionante volverme a encontrar con personas conocidas en las carreteras mallorquinas. Espero que el año que viene volvamos a coincidir. Yo mientras tanto seguiré disfrutando sobrevolando la Sierra de la Tramuntana, mientras veo cómo cada día la recorren cientos de ciclistas.

                   Y no hay aventura que se precie que no precise de agradecer a los que la han hecho posible: en este caso, a Marian y a Rubén, por todo su apoyo durante tantos y tantos entrenamientos, a la grupetta de los K’s por todos los kilómetros que hemos compartido juntos esta temporada y a Tim Roig, por su paciencia, sus consejos y su dirección.

                   El año que viene... más, pero mejor... difícil.

viernes, 18 de marzo de 2016

K´s Año 2.016









domingo, 13 de diciembre de 2015

Cena Fín de Año K`s