domingo, 21 de mayo de 2017

Mallorca 312 - 29 de abril de 2017





                   Mi nombre es... bueno, eso no importa. Soy un Aguila Bonelli. Desde hace 40 años mi especie desapareció de la isla de Mallorca, por culpa del ser humano. Las rapaces cazamos para sobrevivir, pero siempre respetamos el ecosistema en el que vivimos. El hombre, sin embargo, tiende a destruir el fantástico entorno natural que le rodea.

                   Nosotras nos movemos mecidas por el viento, arropadas por las corrientes térmicas que se forman en las laderas de las montañas. El hombre se mueve en unos elementos ruidosos y malolientes que ellos llaman vehículos, que echan al aire unos gases que enturbian el aire que respiramos nosotras... y ellos mismos.

                   Bueno, en realidad no todos los seres humanos se desplazan así. Ya cuando era un polluelo y di mis primeros vuelos, vi que había seres humanos que se movían en unos vehículos de dos ruedas que movían con sus piernas. Algunos avanzaban a velocidades más que aceptables.

                   Yo nací en Navarra, en el Norte de la Península Ibérica. La verdad es que la zona donde yo vivía era fantástica, estaba llena de montañas y de valles verdes, donde podía disfrutar de mi principal afición, de volar.

                   Este año, en mis vuelos por los montes de Navarra, descubrí a una de estas personas que salía casi todos los días con su aparato de dos ruedas a recorrer las carreteras que yo vigilaba desde el aire. Poco a poco me fui informando de que esos aparatos se llaman bicicletas y, posteriormente, supe que a ese ciclista que yo veía habitualmente, le llamaban Carlos.

                   La naturaleza nos ha preparado a las águilas Bonelli para poder volar tanto con frío como con calor, pero, por lo visto, los humanos no están tan preparados como nosotras. De hecho, veía a Carlos salir a la carretera abrigado hasta las orejas. Le veía hacer kilómetros y kilómetros cada día, abrigado, con guantes, gorro... La verdad es que no entendía demasiado el por qué de tanto esfuerzo. Aunque lo entendí al cabo del tiempo.

                   Los humanos fueron los causantes de que mi especie desapareciera de la isla de Mallorca, pero parece que ahora quieren arreglar el mal que hicieron, volviendo a llevar a mi especie a la isla. Esto es lo que me pasó a mí. A principios de abril volaba plácidamente por encima del Monte Iturumburru (muy cerca del Adi), cuando, sin darme cuenta, fui apresada. Me metieron en una jaula y me tuvieron dos días encerrada, transportándome de un sitio a otro. Afortunadamente durante esos dos días me dieron de comer y me trataron bien.

                   Después de mucho traqueteos y movimientos, los humanos me soltaron. Rápidamente remonté el vuelo y fui a buscar mis lugares conocidos, el Adi, el Saioa... Desgraciadamente no conocía el terreno que sobrevolaba. Veía montes, eso sí, pero también el mar. Cuando sobrevolaba los montes de mi Navarra natal, nunca veía el mar. Sin embargo, el lugar donde me habían soltado estaba lleno de montes, pero estaban pegados al mar. La verdad es que el paisaje me empezó a gustar y me empecé a recorrer mis nuevos dominios. Pronto supe que estaba en la isla de Mallorca y que los montes que sobrevolaba era la Sierra de la Tramontana.

                   Me había aficionado a seguir por el aire a ese ciclista que salía todos los días en Navarra, pero poco a poco lo fui olvidando.

                   Pero el 26 de abril, me sorprendí al verlo de nuevo pedalear en mis nuevos dominios. Iba con la misma bici que le veía en Navarra, una Specialized roja y blanca (me he hecho especialista en los diferentes modelos de bicicleta). Le vi cuando sobrevolaba el pueblo de Muro. Rodaba tranquilo, relajado, aunque miraba con un cierto recelo el perfil de la Sierra de la Tramontana que se dibujaba delante suyo.

                   Al día siguiente no le vi por la carretera, aunque le busqué. Es cierto que el día salió lluvioso, pero en Navarra le vi pedalear muchos días de lluvia, viento y frío.

                   El viernes 27 salí a volar pronto, con la esperanza de verlo por la carretera. Esta vez lo encontré cerca de Pollença. Le seguí hasta la Cala de Sant Vicenç. En Navarra solía pedalear por carreteras de montaña, así que supuse que seguiría hacia la Sierra de la Tramontana, hacia el Puig Major. Pero me equivoqué. Se dio la vuelta y regresó a Alcudia. Apenas si había hecho 40 kilómetros y no había subido ningún puerto. ¿Se me habría ablandado el ciclista que tantos kilómetros veía hacer por Navarra?

                   Al día siguiente vi que me había equivocado y comprendí el sentido de tantos kilómetros que veía hacer a Carlos por Navarra.

                   El sábado 29 de abril amaneció frío, apenas 1 ó 2 grados hacía a las 6 de la mañana. Yo había dormido mal esa noche y con las primeras luces me lancé al aire. Vi cientos y cientos de ciclistas que se estaban congregando en los alrededores de Playa Muro. Más tarde supe que habían 7.500 ciclistas.

                   Desde el aire fui buscando a mi ciclista favorito. Lo vi pedaleando con ritmo cansino, entre Alcudia y Playa de Muro.

                   Los ciclistas se fueron amontonando en Playa de Muro. Se colocaban todos detrás de un enorme arco amarillo, con un símbolo que ponía 312. Podía distinguir las caras de frío y nervios entre todos los que se congregaban en la zona. A Carlos le vi tiritar de frío mientras hablaba con los que estaban a su alrededor.

                   A las 7 de la mañana dieron la salida a los ciclistas y comenzaron a pedalear hacia Port de Pollença. Esa es una carretera que yo he sobrevolado muchas veces desde que vivo en Mallorca. Recorre la bahía de Alcudia y al amanecer, es una delicia sentir los primeros rayos del sol. Cuando llegaron a Pollença, todos los ciclistas se dirigieron hacia mis dominios, a la Sierra de la Tramontana (o Tramuntana, como dicen los de aquí). Allí le veía a Carlos, comenzando a subir los primeros kilómetros del Coll de Femenia. Ahora sí veía al ciclista que solía seguir en Navarra, pedaleando por las carreteras de montaña.

                   Tras el Coll de Femenia, llega el Coll del Puigmajor, que se corona a 890 metros. A los dos lados de la carretera nos encontramos con los dos montes más altos de Mallorca, el Puig Major y el Puig de Masanella, (con 1.445 y 1.364 metros respectivamente).

                   Del Puig Major, los ciclistas se lanzaron carretera abajo otra vez hasta el mar, a Sóller. Aunque la carretera está en buen estado, ya vi algún ciclista que se había caído en alguna curva. A Carlos le vi bajar bien, aunque ya me fijé que tuvo un sustillo en una curva un poco más cerrada de lo que parecía. En Sóller los ciclistas fueron pegados al mar, subiendo el Coll den Bleda. Los puertos se fueron sucediendo unos tras otros. Dudo mucho de que Carlos se acuerde de sus nombres, ni siquiera de si los pasó. Allí están el Coll de Sa Pedrissa, el Coll den Claret, Coll de Sa Bastida, el Coll des Pi, el Coll de Sa Gramola, el Coll den Esteva,  el Coll de Galilea y el Grau de Superna.

                   A partir del Grau de Superna, vi cómo los ciclistas rodaban por el borde de la sierra de la Tramontana, por unas carreteras ya libres de puertos, pero no de cuestas. He sobrevolado muchas veces esa zona y se ven muchos repechos y curvas cerradas en pequeñas carreteras encerradas entre campos de cultivo, delimitadas por pequeños muros de piedra. La zona es preciosa, pero dudo mucho que los ciclistas lo llegaran a valorar a juzgar por las caras de cansancio que veía desde mi privilegiada atalaya.

                   No puedo decir si Carlos iba cansado o no, pero lo cierto es que cuando salió del último avituallamiento (en Lloseta), se juntó con un ciclista mallorquín (llegué a oír que se llamaba Antonio) y se pusieron a tirar de un grupo que iban unos 20 ciclistas ingleses y alemanes. Entre los dos fueron tirando alrededor de 30 kilómetros hasta la meta y eso que yo notaba desde el aire que el viento les entraba de cara. Según he oído, para los ciclistas no es nada bueno. En mi caso, sí que me viene bien, ya que el viento de cara me permite una mejor sustentación en el vuelo, pero los ciclistas no suelen llevar buena cara en ese caso.

                   A pesar de la paliza que llevaban encima, vi cómo llegaban a la meta en Playa Muro con buena cara, sonriendo.

                   Vista las caras de satisfacción de todos, me expliqué tantos y tantos kilómetros de entrenamiento en el invierno, para poder llegar a ese día y disfrutarlo. No llegaré completamente a entender a los ciclistas, dado que mi anatomía no me permite experimentar lo que se siente subida a esos cacharros, pero simplemente con verlos me puedo hacer una idea muy aproximada.

                   Estuve un buen rato sobrevolando la zona, mientras observaba las felicitaciones, abrazos y cómo se sentaban a comer un plato de macarrones. Francamente prefiero un ratón recién cazado que esas cosas que comen los humanos.

                   Carlos no debió de llegar cansado, porque le vi coger nuevamente su bici y pedalear hasta el sitio donde dormía cada noche.

                   Ha sido muy emocionante volverme a encontrar con personas conocidas en las carreteras mallorquinas. Espero que el año que viene volvamos a coincidir. Yo mientras tanto seguiré disfrutando sobrevolando la Sierra de la Tramuntana, mientras veo cómo cada día la recorren cientos de ciclistas.

                   Y no hay aventura que se precie que no precise de agradecer a los que la han hecho posible: en este caso, a Marian y a Rubén, por todo su apoyo durante tantos y tantos entrenamientos, a la grupetta de los K’s por todos los kilómetros que hemos compartido juntos esta temporada y a Tim Roig, por su paciencia, sus consejos y su dirección.

                   El año que viene... más, pero mejor... difícil.

viernes, 18 de marzo de 2016

K´s Año 2.016









domingo, 13 de diciembre de 2015

Cena Fín de Año K`s





domingo, 15 de noviembre de 2015

MaratonMan K`s